Delta Lima, así llamaremos, imaginariamente por sus iniciales y con su permiso para relatar esta historia, a la persona que una vez de la nada, de la absoluta nada, exclamó: "Me duele mucho el alma". Caótica y dramatizada frase, que en vísperas de un vuelo largo no deseas escuchar. Signos ya se habían notado desde el vacío saludo que recibimos de ella, pienso yo qué se encontraba en un momento de no querer hablar, que algo estaba aplacando mi recuerdo de su extrovertida y bonita personalidad, lástima que por un procedimiento de seguridad el jefe de cabina debe evaluar y preguntar el estado emocional, antes del vuelo, de toda su tripulación, por lo que a veces fingir no es mala idea.
Te voy a escuchar Delta, decía yo. Entre la tristeza que aplastaba su corazón, hablaba: "Cuando tengo una pelea y terminamos mal nos acostamos sin hablarnos. La discusión fue fuerte y no pudimos arreglarlo antes de irnos a dormir, ni antes de salir a volar, me queda una angustia fuera de lo normal, un vacío enorme que a medida me iba separando cuadra a cuadra de mi casa, crece. Si trabajara en una oficina, pensaría que esas 8 horas nos podrían venir bien a los dos para calmar las cosas. Pero estar en el aire, solo incrementa mi ansiedad"
Aunque no lo creas, la ansiedad en un tripulante de cabina es devastadora, espeluznante, insoportable, peligrosa. Venimos inventando diferentes formas de cómo no caer en la ansiedad, porque nos engorda, nos hace más bipolares (requisito indispensable que por una extraña razón si antes de volar no lo eras, pues te vuelves con el tiempo).
Delta continuaba: "Cuando me voy peleada de casa, solo pienso en fatalismos. Mi silent review es tétrico y pienso que, si algo me pasara, si algo fallara en el despegue, en el aterrizaje, en el crucero, no pude darle un gran beso y decirle cuánto lo amo. Yo no tengo miedo a volar, no le temo a las turbulencias ni a las tormentas, no le temo a los despegues ni a las nubes o a las casi-caídas libres, solo le temo a no haberme ido de mi casa diciéndole al amor de mi vida que lo amo"
Pensaba yo, en ese momento, a mi joven edad y consecuencia de mi corta experiencia volando ¡Pero de qué clase de mezcla entre novela turca con mexicana proviene el trágico relato de Delta!! Luego te das cuenta qué las horas voladas no solo equivalen a experiencia laboral, si no a cambios en tu vida que el mismo tipo de trabajo y estilo de vida te llevan, saber historias y sucesos que moldean tu carácter, al parecer a volverte más humano, más de familia, más de amor.
Yo me sentía, cada vez, más abrumado, balbuceando mentalmente para encontrar una respuesta a ese terrible problema. Ella cada vez más cerca de las lágrimas seguía hablando: "Por eso, todas las mañanas, las noches y las madrugadas, antes de irme, me acerco a la cama aunque duerma, le doy un beso y se lo recuerdo. El quizás no se acuerde, o quizás no entienda por qué es importante para mí. Pero es mi ritual, y lo cumplo sin fallas. Esta noche tengo que irme a volar sin haberme despedido, sin haberle dicho cuánto lo amo y que mi vida es mejor porque esta él. Me entristece que así sea, pero así es. Yo decidí romper ese procedimiento aunque ni yo misma esté de acuerdo"
Este trabajo tiene ciertos riesgos, el tiempo y las circunstancias nos obliga a inventar reglas como la de Delta, quizás lo que la vida de un tripulante tenga para enseñarle a los demás sea que la vida es demasiado impredecible y en el destino de cada uno de nosotros puede estar esperándonos cualquier cosa. No sabemos lo que puede pasarnos en cualquier momento y es por eso, que hay que vivir siempre como si nos estuviésemos yendo a volar.
No te vayas a volar sin decirle a los tuyos que los amas. Así volarás tranquilo, y lleno de amor
Te voy a escuchar Delta, decía yo. Entre la tristeza que aplastaba su corazón, hablaba: "Cuando tengo una pelea y terminamos mal nos acostamos sin hablarnos. La discusión fue fuerte y no pudimos arreglarlo antes de irnos a dormir, ni antes de salir a volar, me queda una angustia fuera de lo normal, un vacío enorme que a medida me iba separando cuadra a cuadra de mi casa, crece. Si trabajara en una oficina, pensaría que esas 8 horas nos podrían venir bien a los dos para calmar las cosas. Pero estar en el aire, solo incrementa mi ansiedad"
Aunque no lo creas, la ansiedad en un tripulante de cabina es devastadora, espeluznante, insoportable, peligrosa. Venimos inventando diferentes formas de cómo no caer en la ansiedad, porque nos engorda, nos hace más bipolares (requisito indispensable que por una extraña razón si antes de volar no lo eras, pues te vuelves con el tiempo).
Delta continuaba: "Cuando me voy peleada de casa, solo pienso en fatalismos. Mi silent review es tétrico y pienso que, si algo me pasara, si algo fallara en el despegue, en el aterrizaje, en el crucero, no pude darle un gran beso y decirle cuánto lo amo. Yo no tengo miedo a volar, no le temo a las turbulencias ni a las tormentas, no le temo a los despegues ni a las nubes o a las casi-caídas libres, solo le temo a no haberme ido de mi casa diciéndole al amor de mi vida que lo amo"
Pensaba yo, en ese momento, a mi joven edad y consecuencia de mi corta experiencia volando ¡Pero de qué clase de mezcla entre novela turca con mexicana proviene el trágico relato de Delta!! Luego te das cuenta qué las horas voladas no solo equivalen a experiencia laboral, si no a cambios en tu vida que el mismo tipo de trabajo y estilo de vida te llevan, saber historias y sucesos que moldean tu carácter, al parecer a volverte más humano, más de familia, más de amor.
Yo me sentía, cada vez, más abrumado, balbuceando mentalmente para encontrar una respuesta a ese terrible problema. Ella cada vez más cerca de las lágrimas seguía hablando: "Por eso, todas las mañanas, las noches y las madrugadas, antes de irme, me acerco a la cama aunque duerma, le doy un beso y se lo recuerdo. El quizás no se acuerde, o quizás no entienda por qué es importante para mí. Pero es mi ritual, y lo cumplo sin fallas. Esta noche tengo que irme a volar sin haberme despedido, sin haberle dicho cuánto lo amo y que mi vida es mejor porque esta él. Me entristece que así sea, pero así es. Yo decidí romper ese procedimiento aunque ni yo misma esté de acuerdo"
Este trabajo tiene ciertos riesgos, el tiempo y las circunstancias nos obliga a inventar reglas como la de Delta, quizás lo que la vida de un tripulante tenga para enseñarle a los demás sea que la vida es demasiado impredecible y en el destino de cada uno de nosotros puede estar esperándonos cualquier cosa. No sabemos lo que puede pasarnos en cualquier momento y es por eso, que hay que vivir siempre como si nos estuviésemos yendo a volar.
No te vayas a volar sin decirle a los tuyos que los amas. Así volarás tranquilo, y lleno de amor

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