Aquel soy yo. El que es capaz de pedir morfina por room service. Sujeto siempre y en constante lucha por estar al día en las interminables actualizaciones de seguridad. Aquel que en su versión en calma desliza su escritura entre la vigilia y mucho sueño. Sí, aquel que sabe bien pararse en la puerta de un avión con una sonrisa pidiendo que vuelvan pronto y tengan buen día. Hoy no trabaja, no soportó esperar más por sus lejanas vacaciones y junto 6 libres. Playa, mucha cerveza, amigos y un buen sol son el remedio, tal vez, para aplacar las horas de vuelo continuas, estrés y fatiga.
Tiene la voz un poco áspera, dura, rota; salvo cuando habla en interphone en un avión, dandoles la bienvenida a sus pasajeros. La finge, la vuelve imponente.
Piensa que lo bueno de ser un eterno volador es que la misma vida de vanidades, viajes y hoteles que le facilita su amado trabajo es intercambiable, amoldable, el decide si viaja mucho o poco, depende como vaya la cosa, como vaya el clima en base y el amor.
La aeronáutica es suave, seductora, traicionera, dura; los primeros meses tuvo sinusitis, resfríos, otitis, mareos, dolores de cabeza. Como el tiempo y la distancia son tiranos siempre tiene sueño, hambre y una adicción a su celular; su incondicional amiga, novia, amante, familia, su único contacto con el mundo.
Es la suma de todos los miedos, dice. A la velocidad, a la electricidad, a los fuegos, al viento, a que lo empujen, a que lo asusten; despega pensando en que algo puede fallar, en un avión carreteando a 300km por hora, preparado se siente para que se despiste, para que choque o explote un motor, o todo al mismo tiempo.
Piensa que los tripulantes interiorizan al fantasma para que todos crean que estamos por solo una sonrisa y un buen café.
Va en idas y vueltas, cancelaciones, avatares climáticos y varios días improductivos en hoteles; las épocas de romper las noches en una ciudad excitante han terminado, todo se reduce a catarsis en WhatsApp con amigos.
Su novia quiere que deje de volar, que no se vaya, que este en días importantes, que la acompañe a las fiestas de sus amigos con horarios normales; que aplaque tal vez la inseguridad que ocasiona viajes largos al caribe. Él argumenta incansablemente que sus vidas se volverían monótonas, que no hubieran viajado tanto, vivido tanto en otros países, con poco costo. El trata de suplir el tiempo fuera con tiempo que no tendría con una pareja normal.
Retrató una vez a sus amigos la salida a volar de su casa: insomnio, acidez, estrés y cansancio. Ese mismo día, en el mismo vuelo, mientras todos dormían en cabina, con una taza de café, mirando por la ventana, fue la primera persona en ver salir el sol, quería morirse ahí por la insdescriptible belleza; aquella belleza que lo hace olvidar de todo, es él y aquel lujoso momento.
Se siente parte del cielo, aunque los aterrizajes lo obligan a recordar que no nació allí, encontró su lugar en el mundo, estuvo perdido mucho tiempo.
No va a cambiar las 10.000 dimensiones que el mundo el puede mostrar por aquella ventana a cualquier lugar que vaya.

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